El vino en la Gran Pantalla y el ilusionismo en el cine
En 1933, Hollywood recupera algo más que las copas: recupera un clima, un gesto, una forma de celebrar. Mientras los estudios vuelven a llenar las galas con Champagne, el cine clásico —todavía marcado por la herencia muda— adopta la precisión de los ilusionistas. Y la magia, que venía de los escenarios, empieza a encontrar un nuevo hogar en la luz del proyector.
La primera vez que vi Cena a las ocho (Dinner at Eight, 1933) fue en una restauración que pasaron por televisión. En una de sus cenas elegantes, durante un brindis, una copa queda un segundo más en el aire. Para cualquiera es un gesto más; para un mago, es una pausa perfecta. Una coreografía invisible. Un truco sin truco. Ahí entendí que este capítulo no debía contarse desde un escenario ni desde un speakeasy, sino desde esa sala oscura —real o imaginada— donde la magia se filma.
Tiempos de Gran Depresión
Entre 1929 y 1933, la Gran Depresión reconfigura la vida nocturna en ambos lados del Atlántico. El crack financiero no solo derrumba bancos: también derrumba escenarios. Los grandes teatros reducen funciones; muchos cabarets cierran; y los magos —como cualquier artista de variedades— se ven obligados a adaptar su arte a públicos más pequeños, entradas más baratas y circuitos alternativos.
Durante estos años, la magia y el vino atraviesan una misma penumbra. En Estados Unidos, con teatros apagándose, los magos se refugian en giras improvisadas y clubes pequeños donde la cercanía no perdona errores: afinan pases en funciones mínimas y sostienen sus personajes gracias a contratos breves. El vino, mientras tanto, sufre su propio derrumbe: el comercio internacional se frena, los precios se disparan y el consumo se repliega a bebidas baratas. Por otro lado, Europa tampoco respira mejor. España cae en exportaciones de Rioja y Jerez, Italia cierra cooperativas y ve desplomarse el precio del Chianti, y Francia acumula excedentes que solo más tarde ordenarán las futuras AOC.
«Los contrabandistas se estan apropiando de las ganancias de la industria del alcohol mientras Estados Unidos sigue consumiendo.»
August Anheuser-Busch, director de la cervecera Budweiser pidiendo la abolición de la 18ª enmienda – This Day In Wine History
Buenos Aires, golpeada pero inquieta, mantiene encendida su propia noche: cafés como el Tortoni y la Richmond continúan llenando mesas —con vinos mendocinos más modestos que los importados— mientras la magia de cerca florece en sociedades de barrio y confiterías donde un truco bien contado seguía valiendo tanto como una botella bien servida.
La Depresión dejó algo más que pobreza: dejó un nuevo tipo de noche. Más sobria, más cercana, más humana. Una noche donde la magia se volvía íntima y el vino, simple. Y es desde esa sobriedad que Hollywood renacería con otro brillo apenas unos años después. Ese renacer va a tener fecha y firma: 1933, Roosevelt, y la caída de la Prohibición.
Fin de la Ley Seca
En 1933, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, la Ley Cullen–Harrison y la 21.ª Enmienda ponen fin a la Prohibición. En Hollywood, eso significa volver a brindar sin claves ni escondites. Las fiestas reaparecen, las cámaras capturan copas reales y el cine empieza un período donde el glamour convive con los últimos vestigios del silencio. Y justo en ese cruce —vino, luz, gesto— la magia encuentra un nuevo escenario.
«I think this would be a good time for a beer» (Creo que este sería un buen momento para tomar una cerveza)
Franklin D. Roosevelt
«Despedida de la 18va enmienda» – Foto tomada de Mas que Cine
Hollywood levanta el telón
El cine mudo tardío (1925–1932) ya dominaba trucajes propios: stop-trick, sustitución, sombras compuestas, fundidos que parecían espiritismo en celuloide. Pero con la llegada del sonido, los directores buscaban algo más: manos expresivas, movimientos limpios, gestos capaces de transmitir sin parecer exagerados.
Ahí aparece Dai Vernon, el “Profesor”, obsesivo de la naturalidad. Según cuenta Juan Tamariz en La increíble historia de la magia (Tomo 1), Vernon dedicó años a refinar cada detalle hasta eliminar cualquier rastro de artificio. Esa forma de actuar —de que la mano “no haga nada”— encajó perfecto en el cine, que castigaba cualquier gesto tenso. Karl Johnson relata en su libro The Magician and the Cardsharp (El mago y el tahúr) cómo actores y directores se acercaban a Dai Vernon para aprender un movimiento creíble, una manera de sostener una carta o una copa sin rigidez. No era un asesor formal de estudios, pero su influencia se sentía en sets donde el primer plano lo decidía todo.
El elegante Cardini
En paralelo, Cardini se convertía en un fenómeno internacional. Su personaje —un gentleman levemente ebrio, elegante y distraído— era casi cinematográfico. Guantes, capa, monoclo, cigarrillos que aparecían y desaparecían con precisión quirúrgica. Su número, que lo llevó de Londres a Nueva York, era pura coreografía silenciosa. Ramón Riobóo lo describe como uno de los artistas más finos del siglo XX, capaz de convertir un simple gesto en una escena imposible. Ese estilo influyó indirectamente en la forma de filmar manos, movimientos y pausas en el cine estadounidense del período.
El maestro Slydini
El tercero en esta tríada es Tony Slydini, maestro del timing y la misdirection psicológica. Tamariz lo describe como un creador de pausas dramáticas tan potentes como un truco. Slydini vivió de joven en Argentina —detalle que aparece en su biografía compartida por Riobóo— y años después, ya instalado en Nueva York, se transformó en maestro de generaciones. Su manera de detener el tiempo, inclinándose apenas para dejar que el público pensara lo que él necesitaba que pensara, anticipa recursos que el cine adoptaría más tarde.
Los magos perfeccionaban el gesto; el cine necesitaba gestos perfectos. A veces las artes se encuentran así, sin anuncio.
Chandú el Mago: el ilusionista salta a la pantalla
Antes de que Hollywood usara magos como toque de color, probó algo más audaz: hacer que el ilusionista fuera el protagonista. En 1932, Fox estrena Chandu the Magician (Chandú el Mago), un largometraje sonoro que mezcla trucos de escena —apariciones, levitaciones, efectos con fuego y cristales— con los nuevos recursos del cine y los efectos especiales de la época: dobles exposiciones, maquetas, decorados imposibles.
No es todavía el mago de baraja y copa de vino que veremos más adelante, pero sí uno de los primeros largometrajes de Hollywood que se anima a poner a un hechicero moderno en el centro del cuadro y a tratar la magia como lenguaje visual propio del cine, no solo como número de varieté filmado. [fuente: Wikipedia – Chandu the Magician]
Más adelante, en el 1939 la pantalla grande presenta el clásico musical infantil «El Mago de Oz» y en 1940, «El ladrón de Bagdad» inspirada en cuentos de «Las mil y una noches». En ambas películas, hay personajes que se valen de la magia.
El vino vuelve a escena
Con la reaparición del alcohol legal en 1933, el vino recupera su rol en la pantalla. Vuelve como símbolo de elegancia y complicidad.
En “Un ladrón en la alcoba” (Trouble in Paradise – 1932), Ernst Lubitsch filma un brindis corto pero inolvidable: una copa que dice más que un diálogo. En «Cena a las ocho» (Dinner at Eight – 1933), las copas funcionan como termómetro emocional de un mundo que aparenta estabilidad mientras se desarma por dentro.
Escena de Un ladrón en la alcoba – Imagen de 39escalones
Fuera de cámara, como en muchas producciones de cine y televisión a lo largo del siglo XX, las bebidas se adaptaban a las necesidades del rodaje con vinos de utilería y mezclas no alcohólicas pensadas para soportar múltiples tomas.
Al final, una copa en cuadro funciona igual que una carta o una moneda en manos de un mago: es un objeto cotidiano al que el gesto correcto le da un peso dramático.
El vino y el cine europeo
Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, Europa también filma vino. Un ejemplo clarísimo es «La Bodega» (Wine Cellars, 1930), coproducción hispano-francesa que transcurre en Jerez, entre lagares, andanas de botas, vendimias y fiestas populares, con el vino como escenario permanente de amores, abusos de poder y venganza: la bodega no es un simple decorado, es el corazón visual y simbólico de la película. [fuente: Film Affinity]
En Francia, el llamado realismo poético de los años treinta, con figuras como Jean Gabin, instala en la pantalla una galería de cafés y bares de barrio donde el vaso de vino o el aperitivo forman parte del clima de fatalismo y melancolía de sus personajes: más que producto, el vino aparece como signo de clase, cansancio y refugio en medio de la crisis. [fuente: Academia]
En Italia, las primeras películas sonoras muestran trattorias y osteríasdonde el vino de la casa forma parte del decorado natural. Y, al mismo tiempo que esas imágenes se fijan en el imaginario, Francia crea en 1935 el organismo que dará forma al sistema de denominaciones de origen (INAO) y empieza a ordenar sus AOC, mientras Rioja ya había sido reconocida como la primera Denominación de Origen de España en 1925 [fuente: Wine Folly].
Escena italiana de Osteria, Chica dando la bienvenida a una persona entrando – Imagen de Dominio Público
El resultado es que, tanto en las etiquetas como en la pantalla, el vino deja de ser una bebida genérica para convertirse en un símbolo con nombre y apellido. En muchos de esos cafés y tabernas, la magia de cerca convivía con músicos y poetas: no siempre llegaba a la cámara, pero estaba ahí, a pocos centímetros del vaso de vino, en la misma mesa donde se trenzaban historias de ilusión y desengaño.
Magia y vino en la Buenos Aires de los años 30
Mientras California se reinventaba, Buenos Aires vivía su propio esplendor: llegaban las películas de Hollywood y del cine europeo a los cines de barrio, y los vinos mendocinos cada vez más estandarizados llenaban las cartas de cafés y confiterías.
En esos años, el mercado porteño se alimentaba de unas pocas bodegas gigantes de Mendoza: Giol, Arizu y López aparecen en los estudios históricos como parte del núcleo que dominaba la producción y comercialización de vino en la Argentina, abasteciendo sobre todo a Buenos Aires. [fuente: UNLP. FaHCE] En la ciudad, cafés como el Tortoni y la Confitería Richmond —hoy reconocidos como bares notables— funcionaban como salas de reunión de la élite, donde el vino compartía la mesa con el café, los licores y las tertulias culturales. [fuente: Wikipedia]
La magia formaba parte de esas noches. Artistas locales, ilusionistas de paso, rutinas improvisadas entre mesas, manipulaciones hechas a centímetros de una copa. Y aunque acá no desarrollamos a Fu-Manchú —porque le dedicaremos un capítulo entero más adelante— sí vale recordar que la ciudad era un faro para artistas de todo tipo.
Había algo natural en esa mezcla: vino, magia y conversación. Nada lo anunciaba, pero todo lo hacía funcionar. Buenos Aires era, como Hollywood, un escenario donde la noche tenía su propio lenguaje.
Un lenguaje compartido
Entre 1933 y 1935, vino, magia y cine persiguen lo mismo: transformar lo cotidiano en extraordinario. Hollywood inventa un brillo; la magia inventa una pausa; el vino inventa un momento.
Y en esa coincidencia —medio accidental, medio inevitable— nace una estética que marcará toda la década siguiente: la del ilusionista elegante, la de la copa que dice más de lo que muestra, la del plano que convierte un gesto mínimo en algo inolvidable.
Curiosidades
Cardini ensayaba con guantes húmedos para dominar la manipulación incluso en condiciones adversas. Esto fue algo que comenzó a hacer en las trincheras durante la Gran Guerra. [fuente: Institute of Magic]
El Gran Houdini fue una de las estrellas del Hollywood mudo: en El juego siniestro (The Grim Game, 1919) muestra sus destrezas como escapista y hombre de riesgo en aviones; el famoso choque de dos biplanos no estaba en el guion, pero quedó registrado y el estudio decidió incorporarlo a la película y usarlo como parte de la campaña publicitaria. [fuente: IMDb – The Grim Game]
En 1924, Clara Bow tuvo su primer protagónico en Wine, un melodrama mudo de Universal sobre el tráfico de alcohol en la alta sociedad durante la Prohibición; la película hoy se considera perdida, pero se conservan críticas, fotos promocionales y registros en catálogos de cine mudo. [fuente: Wikipedia – Wine (1924 film)]
Antes de ser el “maestro del suspenso”, Alfred Hitchcock rueda Champagne (1928), comedia muda sobre una joven heredera de un millonario del champagne; buena parte de la trama gira en torno a la fortuna construida con vino espumoso y a las fiestas y excesos que esa burbuja económica permite. [fuente: Wikipedia – Champagne (1928 film)]
Si recién llegás a la serie…
No te pierdas los capítulos anteriores, donde venimos haciendo un recorrido de la historia del vino y de la magia. Acá encontrarás el índice completo.
Lo que viene…
La calma no dura demasiado. El mundo entra en guerra, y con él llegan espías, mensajes cifrados, mentalistas convocados por gobiernos y botellas que viajan sin etiqueta. El próximo capítulo abre esa puerta: Segunda Guerra Mundial: espías, vino y mentalismo.
Vengo del mundo IT y encontré en el vino una forma de contar historias, descubrir lugares y compartir experiencias. Me capacité en C.A.V.E. y desde El Vino del Mes escribo sobre vino argentino con una mirada cercana y curiosa. También soy ilusionista, creador de #MagiayVino (@magiayvino), guitarrista y miembro fundador AWB.