Magia callejera y sommeliers emergentes

Cuando el asombro no necesita telón y el vino no necesita mantel: alcanza con estar cerca, prestar atención y dejar que alguien te guíe.

Magia y Vino a través del tiempo – Cap. 32

Salgo a caminar y la ciudad me propone un trato simple: vení sin apuro. En una esquina hay palmas que se juntan como si hubiera habido un gol, pero no: es un truco. A metros, otra ronda se arma por una copa; alguien huele, prueba, se mira con el de al lado y sonríe como si hubiese entendido un secreto. Me gusta esa coincidencia: en la calle, la magia y el vino se vuelven democráticos. No piden permiso. Te encuentran.

El hilo conductor de este capítulo es ese: la calle (o, más amplio, el espacio “no solemne”) está generando dos maneras nuevas de ejercer oficios viejísimos. Magos que trabajan con el pulso real de la gente, y sommeliers que se animan a bajar el vino del pedestal para contarlo con lenguaje humano.

Una línea de tiempo del asombro a cielo abierto

Si tuviera que dibujar la historia de la magia callejera como una caminata, yo la ordenaría así:

Pintura al óleo - El Prestidigitador
El Prestidigitador – Wikipedia

En el fondo, la “magia en la calle” es anterior a la magia en teatro. La ciudad —plaza, mercado, cruce de caminos— fue escenario natural de charlatanes, juglares, prestidigitadores y feriantes. No es casual que, cuando hablamos de rutinas “de raíz”, aparezcan tramas que sobreviven siglos.

Una de esas tramas es cups and balls (vasos y bolitas): un argumento básico, resistente, que atraviesa épocas y estilos. No es solo “un truco viejo”: es un formato perfecto para la calle porque se entiende sin explicación, se ve de lejos, y escala con el público. [fuente: Art Magic Academia]

Después, con el tiempo, la calle se bifurca. Por un lado, sigue la tradición del artista que arma una ronda y pasa la gorra (busking). Por otro, aparece lo que muchos llaman magia “guerrilla”: intervenciones rápidas, cercanas, pensadas para el impacto inmediato, muchas veces mediadas por cámara. (La etiqueta “street magic” moderna suele separar esas dos ramas.)

Y ahí llega un punto bisagra que todos conocemos: 1997 y el especial Street Magic de David Blaine, donde la calle se vuelve televisión con estética de documental: cámara cerca, gente real, reacción real. [fuente: IMDb]

Años después, esa sensibilidad se renueva con figuras como Dynamo, que vuelve a poner el foco en lo social: “I want to show people their magic” (quiero mostrarle su magia a la gente), dice en una nota, como si el objetivo fuera despertar algo en el otro más que “demostrar habilidad”. [fuente: The Guardian]

Y hoy, la calle también es red: un truco puede nacer en una plaza, vivir en un reel, y volver a la plaza con otra música, otra energía y otro público. La ronda de público se volvió híbrida, pero el núcleo sigue siendo el mismo: si no te ganás la atención, no existís.

La calle, versión argentina: de la Ranchería a la gorra

Si me pongo fino con la línea de tiempo, la magia “en la calle” en Argentina no arranca con Instagram: arranca con la ciudad misma. Como ya comentamos, en el Buenos Aires colonial (cap. 15) ya aparecen registros de espectáculos que competían por el público fuera de los teatros. Se menciona, por ejemplo, a Duarte y Olaes, asociados que armaron un circo precario de “maderos, lonas, pajas y enramadas” en los alrededores de La Ranchería, al punto de generar quejas por competencia ante el Cabildo. [fuente: Buenos Aires Historia] Y en esa misma lógica, cuando el espectáculo no era “de sala”, el lugar natural eran plazas, calles y espacios exteriores: la ronda, literalmente, ya estaba ahí.

Más adelante, el oficio se profesionaliza y se diversifica —teatros, circos, varieté— pero la calle nunca desaparece: queda como escuela y como lenguaje. Incluso en la escena porteña de mediados del siglo XX, nombres como Claudinet (activo en el período 1968–1979 según el Círculo Mágico Argentino) muestran cómo el circuito local se nutría de artistas que circulaban por distintos formatos populares, de cercanía, donde el público no siempre estaba “sentado y en silencio”. [fuente: Historia de la magia en los períodos colonial y post-colonial]

Y si salto a lo contemporáneo, me encanta que el espíritu siga vivo en un formato bien nuestro: la magia a la gorra. Un ejemplo clarísimo es Mariano el Mago en el Anfiteatro de Mar de las Pampas, con temporadas de verano donde la gente se acerca, se arma la ronda y el show funciona con esa lógica directa de calle (y de costa): estar ahí, mirar, reírse y colaborar.

Ese puente, de plaza colonial a anfiteatro a la gorra, vuelve a la idea central: cuando el encuentro es circular, el asombro y la copa se entienden sin pedir permiso.

Una línea de tiempo del vino contado sin solemnidad

Con la sommellerie me pasa algo parecido: también hay una historia larga, pero lo “emergente” es la manera de contarla y de ponerla en escena.

A nivel global, hay hitos institucionales que ordenan el oficio moderno:

  • 1969: nace la Association de la Sommellerie Internationale (ASI) y el concurso Best Sommelier of the World, y se vuelve faro aspiracional para generaciones. [fuente: ASI]
  • 1969: se funda WSET como entidad educativa (otro acelerador enorme para profesionalizar el lenguaje del vino). [fuente: WSET]
  • 1977: se establece el Court of Master Sommeliers (CMS) en Londres, para estandarizar formación y certificaciones de servicio. [fuente: Court of Master Sommeliers]
ASI Logo
WSET logo
Con Marina Beltrame en el festejo por los 25 años de la EAS – Septiembre 2024

En Argentina, la cronología es más reciente y tiene un punto de arranque claro: en 1999, Marina Beltrame impulsa la sommellerie desde la formación. Desde ahí, año tras año fueron apareciendo camadas nuevas de profesionales que hoy sostienen —y también exportan— el oficio con nivel y personalidad propia.

1999: se crea la Escuela Argentina de Sommeliers (EAS), que marca el inicio formal de la formación local. Acá sí: si hablamos de origen, hay que nombrar a Marina Beltrame, fundadora de la EAS y figura pionera de la sommellerie argentina. [fuente: LA NACION]

2001: se funda la Asociación Argentina de Sommeliers (AAS), y en 2002 se integra a ASI.

Con los años se suman otras instituciones formativas que ampliaron el mapa, como el Instituto Gato Dumas (fundado en 1998, con formación gastronómica y luego oferta vinculada a sommellerie), CAVE (Centro Argentino de Vinos y Espirituosas) y la EAV (Escuela Argentina de Vinos), todas parte del ecosistema que profesionalizó el servicio y la comunicación del vino en el país.

Después vienen los nombres propios, que son los que transforman “instituciones” en “escena”:

  • Paz Levinson, una de las mejores embajadoras del vino argentino en el mundo, a quien tuve la suerte de tenerla de profesora en CAVE, con carrera internacional y una idea de vino como lenguaje: “Wine isn’t just a beverage, it’s a language. And it’s also an emotion.” (El vino no es solo una bebida, es un lenguaje. Y también una emoción.) [fuente: Buenos Aires Herald]
  • Andrea Donadio (Mejor Sommelier de Argentina 2022) como cara visible de una camada que combina servicio, comunicación y proyectos. [fuente: Wines of Argentina]
  • Valeria Gamper: reconocida a nivel continental como Mejor Sommelier de las Américas 2022 y con performance fuerte en el Mundial (6° puesto en 2023)
  • Alma Cabral Arrieta (Mejor Sommelier de Argentina 2025), que confirma que ya no hablamos de “casos aislados”, sino de un semillero.

Esto lo confirma Fabricio Portelli en su columna en Radio Mitre afirmando que ya hay mas de mil sommeliers profesionales en el país.

Y si quiero un ejemplo perfecto del “sommelier emergente”, puedo nombrar a Delvis Huck, Head Sommelier de Casa Cavia, destacada por Tim Atkin como “Sommelier del Año” en su reporte 2025.

En resumen: la nueva sommellerie no se trata de hablar difícil; se trata de leer a la persona. Igual que en la magia callejera. Pero esa es la base “pro”. Ahora, lo emergente son los formatos.

Cuando la cata se vuelve ronda

La generación nueva del vino entiende algo que los magos callejeros saben desde siempre: la experiencia se arma en ronda. Y la ronda no necesita mantel; necesita conducción.

En distintas partes del mundo, la industria viene organizando eventos de uno o varios días para hacer recorridas por negocios y, con un pase (ticket, pulsera, tasting pass), ir probando vinos siguiendo una temática. Pasa con formatos tipo London Wine Week (pulsera para acceder a ofertas y degustaciones), Urban Wine Walk (caminata autoguiada entre locales con degustaciones) o Bordeaux Fête le Vin / Bordeaux Wine Festival (pase con copa y tickets para degustar en los pabellones).

Sitio web del Urban Wine Walk de Australia

En Buenos Aires ya hubo un formato así: El Vino Celebra, un recorrido por barrios (Recoleta, Palermo, Caballito, Retiro) donde te entregan copa y mapa y vos armás tu propio circuito de degustación. Además, hay hitos claros de esa cultura de “salir a probar”:

VIOS y la feria de vinos orgánicos/sustentables (primera edición en 2014) no solo instaló un tema, también instaló un tono: charla relajada, productores cerca, música, gastronomía, consumo consciente.

Con Daniel Rosa en BRINDA 2025

La Noche de las Vinotecas, por su parte, muestra un fenómeno interesante: el nombre circula hace años en circuitos locales (por ejemplo, acciones vinculadas a semanas temáticas y recorridos en vinotecas), y en tiempos recientes se consolidó como evento federal con una “edición” contada formalmente. Para mí, eso habla de algo: primero nace la práctica social, después se ordena el calendario.

Y otra que viene creciendo temporada tras temporada es BRINDA, creada por Daniel Rosa junto a Martín Deriu, con una idea muy alineada a este capítulo: aprender y degustar, sí, pero con entretenimiento, puesta en escena y cultura pop alrededor del vino y la coctelería.

Y a eso sumale el universo de pop-ups: experiencias que aparecen, cambian de lugar, mutan con un chef, con una barra, con una idea curatorial. Paz Levinson, por ejemplo, empujó formatos itinerantes como Argentina Reloaded, que son literalmente “vino en movimiento”.

La conclusión, para mí, es sencilla: la sommellerie emergente no es “menos seria”. Es igual de rigurosa, pero se presenta con otra actitud. Más conversación. Menos solemnidad.

Del semáforo al salón: la magia que se mete en fiestas y restaurantes

Haciendo magia en restaurante en la previa a WineMDQ Tasting 2018

Muchos magos callejeros (o magos con mentalidad de calle) terminan trabajando en recepciones, casamientos, eventos corporativos y, sobre todo, haciendo magia mesa por mesa en restaurantes. Eso tiene nombre en el oficio: “walk-around” o “table hopping”. Y no lo digo yo por decir: hay trabajos académicos sobre experiencias gastronómicas que lo describen como parte del “pan de cada día” del mago profesional, justamente porque ocurre en contextos de bebida y comida, entre platos y copas. [fuente: National Library of Medicine – Magic on the Menu]

Ahora, si lo miro con ojos de vino, me doy cuenta que ese mago y un sommelier comparten coreografía:

  • Ambos tienen que “entrar” sin invadir.
  • Ambos leen microseñales: quién está abierto, quién está en otra, quién quiere charla y quién quiere silencio.
  • Ambos administran el ritmo: ni apurar, ni colgarse.
  • Ambos cuidan el clima de la mesa: que la experiencia sume, no que interrumpa.

Y hay un punto finísimo donde se cruzan de verdad: la atención.

El sommelier necesita que, por un segundo, el comensal deje el teléfono y vuelva a la copa: “probalo de nuevo”, “prestale atención al final”, “mirá cómo cambia con aire”. El mago necesita lo mismo: un segundo de presencia total para que el asombro se arme solo.

TATE & LEO presentando el show central en el restaurante Pitágoras – 1999

Cuando eso pasa en un restaurante con magia, el servicio se vuelve un guión compartido. El sommelier marca el tono de la noche; el mago lo ilumina. Y en eventos grandes, la escena se ve clarísima: mientras uno sirve y cuenta, el otro “cose” grupos, arma pequeñas rondas, transforma la espera en experiencia.

Para mí, si hay una alianza natural entre magos y sommeliers, es esta: los dos trabajan con lo invisible. Uno con la atención. El otro con el gusto.

El punto de contacto, en una frase: el “wow” es el objetivo

Me quedo con una regla simple que vi citada a Paz Levinson y que podría aplicar un mago antes del clímax: el maridaje tiene que ser “WOW! Remarkable.” [fuente: ASI / entrevista]

Ese “wow” es el aplauso interno. No es show vacío: es precisión emocional. La magia busca asombro. El vino, cuando está bien contado, también.

Curiosidades

  • En el mundo de la magia de calle, hay libros/fuentes muy citadas para “arte de armar rueda” y sostener público; Cellini: The Royal Touch aparece reseñado con fecha (1997) en listados especializados. [fuente: Vanishing Inc]
  • Tres ferias porteñas que ya no están (o que tuvieron su “época fuerte”) y marcaron ritmo de cata, cada una con su personalidad: Vinos de Lujo (ediciones en hoteles icónicos como el Alvear, con foco en alta gama), Cuisine & Vins (ediciones en sedes como Palacio Paz, formato “fiesta de los sentidos”), y Sparkling Nights de Revista JOY/Planeta JOY (dedicada exclusivamente a espumantes, con varias ediciones en el Panamericano).
  • Gazzo y Cellini, dos “profes” de la ronda moderna: Cellini figura como street performer full-time desde los 70 y autor de materiales que enseñan “la ley de la calle” (cómo pararte, cómo juntar gente, cómo sostenerla). Gazzo, por su parte, es referencia mundial del cups & balls en calle y está hiper documentado como uno de los que “marcó estándar” para artistas a la gorra. [fuente: Wikipedia]
  • El verbo es “veredear”: Federica Gimeno, para Maleva Mag, lo define casi como si fuera un verbo del diccionario porteño: compartir en la vereda “copa en mano” (y a veces con platitos), y arma un recorrido de espacios donde la vereda es parte central de la experiencia —desde wine bars a rincones con vinos naturales—, con citas de dueños y equipos que explican por qué la vereda “atrae” y cómo se convierte en punto de encuentro. [fuente: Maleva Mag]

Si recién llegás a la serie…

No te pierdas los capítulos anteriores, donde venimos haciendo un recorrido de la historia del vino y de la magia. Acá encontrarás el índice completo.

Lo que viene…

La calle nos enseñó a mirar sin solemnidad: a dejarnos sorprender y a dejarnos guiar. En el próximo capítulo quiero meterme en esa otra frontera donde el vino empieza a hablar de ritmos, ciclos y fuerzas invisibles: biodinámica, terroir y esa “magia” que no se ve, pero se siente.

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@magiayvino | El arte de brindar con ilusión

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